Pérez Lima: “El deporte, como toda la sociedad, está podrido por culpa de unos pocos”

Los focos que un día alumbraron más de cincuenta mil gargantas no lucen hoy. Acostumbrado a gritos de todo tipo, el silencioso y tranquilo vestíbulo de un hotel se convierte en el confesionario perfecto para alguien que hace mucho tiempo cambió su voz por un silbato y que, poco a poco, intenta recuperar. Manuel Pérez Lima, árbitro de fútbol retirado, tuvo que lidiar con los más grandes en un tiempo no muy lejano, y ahora, tras su experiencia en lo más alto y ya sin tarjetas que mostrar, intenta recuperar los valores del deporte mediante charlas, ponencias y artículos. También ha escrito un libro, ‘La otra cara del arbitraje’, en el que desgrana sus vivencias como árbitro de primer nivel.

Pregunta. Nadie nace queriendo ser árbitro.

Respuesta. ¿Quién coño quiere ser árbitro? Nadie. Pero no porque el mundo del arbitraje sea malo, sino porque es un producto que no se vende bien. Al igual que cuando vas a un restaurante la comida te tiene que entrar por los ojos, el arbitraje debería presentarse de buenas maneras y no se hace. En mi caso, surgió por una lesión de hombro que me hizo parar y, en lugar de dar un paso a un lado, quise seguir vinculado al fútbol.

P. ¿Cómo es la vida de un árbitro de élite?

R. La vida de un árbitro de primer nivel es perfecta. La mejor vida que puede tener una persona es poder vivir de lo que ama. Te encuentras bien físicamente, se gana mucho dinero, y te sientes importante. Para una persona de a pie, todo eso daba un poco de vértigo. En lo personal, la vida no me cambió mucho. Lo único que cambia es el decorado. Lo realmente bonito es pitar al Real Madrid ante cien mil personas y la semana siguiente estar en un campo de tu pueblo enseñando, porque realmente es lo que tenemos que hacer, a benjamines. Estamos obsesionados con llegar a la élite, y eso es un error.

P. ¿Y dejarlo después de tanto tiempo es duro?

R. Sí, muy duro. Yo estuve 25 años, y lo dejé por un engaño de la Federación. Tuve amigos dentro del CTA (Comité Técnico de Árbitros), que eran los que mandaban –y lo siguen haciendo–, y después de tanto tiempo me dejaron tirado como a un perro. Lo mío fue una mentira y decidí no estar dentro. Y conozco más casos como el mío entre árbitros retirados que están muy dolidos también. Es muy triste.

P. Muchas veces esos árbitros retirados siguen perteneciendo a las federaciones. Supongo que usted no lo hace por esta razón.

R. Claro. A mí me prometieron cosas que luego no cumplieron, y encima quisieron que yo estuviese al servicio de un comité que no me trató bien, como si yo les debiera la vida. Conmigo no juegan. Lo mejor era quitarme y dejar a los demás. Eso sí, mi teléfono está disponible para cuando lo necesiten, pero tendremos que sentarnos y hablarlo detenidamente. Y es lo que ellos no quieren. Sin ir más lejos, el comité al que yo pertenecí lleva 37 años dirigido por la misma persona, y eso lo dice todo.

P. ¿Está diciendo que el mundo del deporte no está sano?

R. Pienso que el deporte es sano, pero las personas que mandan no le hacen ningún favor. En Canarias decimos que cuando una patata está mala, tiene bicho. El deporte es lo mejor que le puede pasar a alguien, pero está ‘bichado’. El mundo del deporte, como toda nuestra sociedad, está podrido por culpa de unos pocos. Por eso me gustaría hacer algo por el arbitraje, pero requiere de ciertos cambios que son muy difíciles de ver.

 

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