El deporte, cada vez más corporativo

Que el fútbol hace mucho tiempo que se convirtió en negocio no hay gente que lo dude. Ni el amante más acérrimo del balompié puede negar que tras esos veintidós tíos siguiendo un balón –y digo tíos porque el fútbol femenino no reporta aún los millonarios beneficios que sí reporta en el masculino, tal y como demuestra este artículo de ElConfidencial– hay intereses económicos, empresariales y, muchas veces, incluso políticos.

Pero desde la aparición del primer futbolista-personaje, David Beckham, que todo el respeto que se ganaba en el campo tirando faltas a la escuadra lo perdía con sus cortes de pelo, el jugador de fútbol, además de convertirse en un standard, ha ido cambiando su forma de comunicar hasta el punto de llegar a ganar más dinero, muchísimo más, por patrocinios, anuncios y marketing que por jugar a fútbol.

Kit de principiante de un futbolista profesional: ropa extravagante, tupé -o exceso de gomina en su defencto-, manga de tatuajes y, de vez en cuando, fiesta
Kit de principiante de un futbolista profesional: ropa extravagante, tupé -o exceso de gomina en su defecto-, manga de tatuajes y, de vez en cuando, fiesta

El mejor ejemplo de esto es Cristiano Ronaldo que, además de ser conocido por “ser guapo, por ser rico y por ser un gran jugador” –ojo, que no lo digo yo, que el hombre se definió así para justificar la envidia que tienen muchos de él–, gana más de 50 millones de euros al año por publicidad (Nike, Armani, Herbalife, etc). Si a esto se le suma su línea de ropa interior –puedes tener unos calzoncillos CR7 por el módico precio de 32 euritos–, sus hoteles, en los que lo hortera resplandece allá donde pises, y sus millonarias inversiones por todo el mundo, empieza a contar. Pero vamos, que el contrato con el Real Madrid, es decir, su primer trabajo, nunca ha superado los 25 millones de euros anuales, por lo que no es ni una cuarta parte de sus ingresos.

A lo que vamos. La entrada en la sociedad de este tipo de personajes ha llevado a los futbolistas, y deportistas en general, a buscar otras vías de comunicación con sus seguidores, ya que, cada vez e inexplicablemente –a lo mejor, y solo a lo mejor, es por la manipulación informativa de los medios de comunicación deportivos españoles–, son más reacios a la prensa tradicional. Y aquí Twitter e Instagram son los reyes. La revista Forbes publicó hace un año una lista en la que aparecían los deportistas mejor pagados por publicar un tuit publicitario, en la que el jugador portugués, con la insignificante cifra de más de 260.000 dólares, está en cabeza por delante de Lebron James (140.000) o Rafa Nadal (60.000). Ojo, un cuarto de millón por ciento cuarenta caracteres.

Todo esto también ha traído beneficios para los que nos dedicamos al mundo de la comunicación. Cada vez más personajes contratan agencias especializadas en comunicación corporativa en agentes deportivos para que gestionen su imagen en internet. También existen cursos y másteres especializados en esta cuestión, ya que tanto clubes como propios particulares están interesados y, poco a poco, empiezan a ver el potencial que puede tener una comunicación cuidada.

Ahora mismo, un futbolista no es nada sin un Instagram medido al milímetro y una cuenta en Twitter activa y con actualizaciones constantes, al igual que un club no tendrá imagen de seriedad ni atraerá a futuros seguidores si tiene faltas de ortografía en sus tuits, no existe intención de corporativismo en sus redes ni acredita a medios digitales ni invita a influencers de su ciudad.

El mejor ejemplo de todo esto es Juan Mata, actual jugador del Manchester United y de la selección española (también es curioso ver  a un futbolista como él con un título universitario), que, desde hace años, cuenta con perfiles cuidadísimos en redes, un canal en YouTube con vídeos bien editados, una web intuitiva y minimalista que invita a seguir al jugador y un blog en el que, todas las semanas, sube contenido escrito por él mismo. ¿Si es futbolista, cómo no va a tener tiempo de dedicar unos minutos al día a su imagen? La realidad es que, cuando en unos años cuelgue las botas, solo quedará de él esa imagen, la que ha transmitido a prensa y en internet.

No es difícil. Conclusión: el corporativismo en el mundo del deporte trae muchos beneficios y no es nada complicado.

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